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martes, 25 de diciembre de 2018

#Origireto2018: Noviembre #1


Se despertó, se miró en el roto espejo y se dio miedo a sí misma.

Perfecto.

La luz de la luna empezó a colarse por su ventana, alumbrando la penumbra de su habitación. Se desperezó con lentitud y echó a caminar, sus aletas azules entorpeciendo su camino. La luz titilante de una bombilla alumbraba la bañera, notablemente desgastada por los años, junto a la cortina desgarrada por lo que, supuso, era la garra de uno de los cambia-formas que había habitado esa casa anteriormente.

Llenó la bañera de agua casi congelada, y se metió dentro, relajándose.

Ser un monstruo era agotador, menos mal que tenía el día libre…

O lo tenía hasta que escuchó los cuchicheos y el crujir de las tablas de madera en el piso de abajo.

Soltó un suspiro, hundiéndose más en la bañera.

Odiaba a los renacuajos pequeños. Era espantoso tener que lidiar con sus gritos, pero al menos eran los primeros en largarse. Por ello, odiaba más a los renacuajos medianos, que se hacían los valientes hasta que veían que “el terrible monstruo” se movía y abría la boca, aunque fuera para decir “hola”.

Entonces, salían corriendo igual que los pequeños.

Los mayores no creían en monstruos, así que eran mucho mejor de tratar, y controlaban a sus renacuajos.

Esperaba que se tratasen de renacuajos pequeños. No quería lidiar con los medianos en su día libre no tan libre.

No entendía muy bien por qué los humanos la temían. Los tíos no eran particularmente guapos, ni las tías unas modelos. Había visto mejores especímenes que los humanos a lo largo de su vida. Suponía que, al ser de otra especie, tenía un concepto de belleza distinto.

A veces se preguntaba por cuánto tiempo tendría que estar ahí, y no en las profundidades del mar al que pertenecía. Odiaba la superficie terrestre, y consideraba una maldición poder sobrevivir en ella.

El sol era insoportable, y en esa abandonada casa daba un montón, pese a haber escogido la habitación más oscura.


#Origireto2018: Diciembre #2


—¿Dónde se supone que estoy?

Mi propia voz resuena en este espacio oscuro, vacío, sin un principio ni un final visible. Me levanto como puedo, pero mi cuerpo parece estar pegado a lo que, supongo, es el suelo. Intento estirar los brazos para ubicar las paredes (si las tiene) pero no encuentro nada.

Y es que no hay nada. Activo mi visión nocturna, porque no hay otra opción, pero así tan solo logro distinguir una luz. Una extraña luz que está al fondo, y que identifico con la solar. Sin más remedio, me dirijo hacia ella, y aunque intento hallar respuestas a mis preguntas en Google, la red no está disponible y no detecto ninguna señal WiFi cercana.

Si no puedo consultar las búsquedas en Google, tengo que basarme en mi base de datos, pero mi base no tiene ninguna explicación razonable. Los circuitos empiezan a calentarse y el motor va más rápido de lo que debería, y se parece a cuando los sistemas se apagan. Pregunto a la base si va a volver a colapsar el sistema motor, pero no hay una respuesta exacta al cien por ciento, tan solo una posibilidad del treinta y cuatro.

Mientras más me acerco a la luz, más se amplia. Eso significa que debe ser una especie de salida, aunque mis brazos van chocando con una textura parecida a la roca, por lo que supongo que estoy en una especie de cueva.

Mi base de datos tan solo ubican las cuevas más famosas por su antigüedad, pero sin red no puedo usar el sistema de navegación. Por tanto, mi única posibilidad es guiarme por aquella luz solar.


sábado, 22 de diciembre de 2018

#Origireto2018: Diciembre #1

Pinocho era un niño... no tan normal. Se podría decir que era un niño, pero no era como los demás.

No tenía huesos, y tampoco tenía sangre. A cambio de venas y arterias, tenía cables y circuitos. En vez de corazón, poseía un motor y cambiaba la piel suave y blanda de cualquier niño de ocho años por el frío y grisáceo acero inoxidable.

Era un niño muy inteligente. Podía hacer las matemáticas más enrevesadas antes que la calculadora más rápida, podía citar cualquier autor de cualquier fecha y decir sus obras antes de que Google siquiera mostrase los primeros cinco resultados de su búsqueda.

Era muy inteligente, pero no era nada raro que lo fuera, puesto que todos los niños de su tipo también lo eran. Sin embargo, y como ha sido dicho antes, Pinocho no era como los demás.

Los demás aprendían a configurar sus programas para poder aprender todo lo demás que aún les faltaba, y poco les importaba lo que les dijeran los demás. Hacían oídos sordos, si es que siquiera su sistema alcanzaba a escucharlos, y seguían a lo suyo.

Pinocho no. De alguna incomprensible manera, su sistema de audio siempre daba prioridad a aquellos comentarios de esa gente que les veía como armas. Gente que les tenía miedo. Gente que decía que no eran humanos, que no eran normales, y que su creación supondría la destrucción de su especie.
Pinocho no estaba muy seguro de por qué, pero cuando escuchaba aquello, sus sistemas caían y no podía trabajar como el resto. Y le costaba mucho hacer que se vuelvan a encender y trabajar.

Como esto le pasaba tan a menudo, sus creadores empezaron a pensar que era defectuoso. Pinocho trataba de explicar que tan solo sucedía cuando escuchaba los comentarios de la gente, pero ni siquiera prestaron atención a lo que tenía que decir. Después de todo, Pinocho no era el único en el laboratorio. Tenía veintinueve compañeros que estaban en perfectas condiciones.

Por tanto, cuando Pinocho escuchó que iban a apagarle, hizo lo que a sus sistemas de seguridad se le ocurrieron: salir del laboratorio.

Pero era algo casi prohibido para los de su tipo.


miércoles, 31 de octubre de 2018

#Origireto2018: Octubre #2


Cuando Jasmine volvió a Agrabah, no vio nada fuera de lo común. El reino seguía igual que a cuando se había marchado, meses atrás. Se notaba que Aladdin estaba haciendo un gran trabajo durante su ausencia, dado que habían acordado que sería ella quien gobernaría pese a que se había casado con él. 

Era lógico teniendo en cuenta de que Aladdin no sabía absolutamente nada de eso, y de hecho disfrutaba más de andar por las calles y con la gente que enclaustrado dentro de un palacio, y Jasmine sostenía que sus derechos seguían siendo suyos pese a su matrimonio, y nadie sabía mejor que ella lo que se tenía que hacer en cuestiones de política.

Por tanto, Jasmine se había dedicado a enseñarle lo más básico acerca de la política a Aladdin, quien había resultado sorprendentemente rápido en cuestiones de aprendizaje. Además, teniendo en cuenta que él había vivido toda su vida en las calles, sabía mucho más del reino que una princesa cuya vida había sido dentro de unos muros de oro. Dado que ninguno quería que nadie pasase las desgracias que Aladdin había tenido que contemplar día tras día desde su niñez, decidieron implementar políticas de ayuda a los más necesitados, para que no necesitasen robar para sobrevivir y pudieran tener una vida decente y con posibilidad de ver un futuro más allá de la pobreza.

Vio que se había aplicado bastante bien, puesto que ya no veía niños con rostros pálidos y hambrientos como los que solía ver en los desfiles que de vez en cuando se hacían. Decidió dar un paseo por el reino, envuelta en ropas que nada tenían que ver con las que se ponía en palacio y con Alfombra actuando como capa. Sonreía a los comerciantes, los cuales hasta se le hacían raros de ver después de haber visto diferentes tipos de mercaderes durante su travesía.

Compró con el dinero que tenía unas manzanas, que estaba segura que encantarían a Abu, y emprendió el camino al palacio, algo lento al detenerse entre los diferentes puestos de los comerciantes. Para cuando llegó al castillo, debió estar tan cambiada que los guardias de la puerta ni siquiera le permitió el paso.

—¿Puede identificarse? —preguntó una de los dos.

—Soy la prin… Sultana, Jasmine —dijo, y Alfombra se apartó para que la reconociesen.

—Claro, y yo soy emperador —rio el otro guardia—. Si no tiene ningún certificado que pueda justificar su entrada, no puede entrar.

—Les estoy diciendo que no necesito nada de eso porque aquí es donde he crecido. Incluso tengo a Alfombra a mi lado —suspiró, sin saber muy bien cómo haría para abrirse camino.

—Entonces no le importará respondernos algunas preguntas —dijo la mujer, y Jasmine se cruzó de brazos y sonrió.

—Por supuesto, todas las que quieran.

—Muy bien —habló el otro guardia—. ¿Hace cuánto partió la sultana?

—Tres meses y cinco días. Podría contar las horas, pero tendría que ponerme a pensar.

Los guardas se miraron entre sí.

—¿Cómo se llama la mascota del sultán? —preguntó la guardia.

—¿Se refiere a Abu? Aquí traigo unas manzanas para él, le encantarán. —Dijo, y alzó la bolsa con las manzanas que traía—. Pero Aladdin prefiere que se refieran a Abu como su compañero.

—¿Cuál es la canción favorita de la sultana? —volvió a preguntar.

—No tengo ninguna en específico, me encantan todas, pero si tuviese que decidir, sería Luz de luna.

—¿Y su comida preferida? —preguntó el otro.

—La pregunta sería difícil para Aladdin, no para mí —rio—. Sin duda, el Fatta.

Los guardias parecieron convencidos con sus respuestas, pero por asegurarse, la hicieron esperar en la puerta mientras iban por Aladdin y su padre. Para cuando ambos la vieron y corrieron hacia ella, no les cupo duda de que en verdad era quien decía ser.

—Lo lamentamos, su majestad —se disculpó la mujer, haciendo una reverencia. Su compañero la imitó—. No la hemos reconocido.

Jasmine rio y agitó una mano en señal de despreocupación.

—Es natural, teniendo en cuenta que me he cortado el pelo —sonrió—. Me alegra, sin embargo, tener guardias tan buenos en mis puertas.

Ambos sonrieron ante sus palabras, y entonces tuvo que atender a las preguntas de los dos hombres que tanto parecían haber esperado ese momento. Jasmine pensó que Genio tendría que intervenir si no le soltaban para que pudiese respirar.

—Papá… Aladdin… Podéis soltarme, no me voy a desvanecer…

Los dos rieron y se separaron de ella. Entonces, empezaron a acribillarla a preguntas que Jasmine tuvo que detener con un grito porque se sobreponían y no entendía nada.

—Si me las decís una por una, mejor, ¿sabéis? —puso las manos en las caderas.

—¿Cómo te ha ido? ¿Estás bien? ¿Has logrado ver el mar? —preguntó su padre, y ella sonrió.

—Me ha ido genial, estoy fenomenal y el mar… ¡Es tan bonito! —se emocionó—. Ya entiendo por qué mamá quería con tantas ganas ir. Le hubiera encantado.

—Tienes que contarme todos los detalles —añadió Aladdin—. ¿Hay mucha gente diferente? ¿Cómo es la comida? ¿Hace más frío o más calor que en Agrabah?

—Te sorprendería la diferencia entre la gente —rio—. Genio te lo podría mostrar mejor que yo. ¡La comida estaba muy buena! Pero no podía traer nada más que unas frutas que pudiesen resistir el viaje —señaló su bolsa—. Y aquí he comprado unas cuantas manzanas para Abu —el mono se acercó a ella en cuanto escuchó su nombre—. ¡Y hace frío! Aunque tenía a Alfombra para taparme.

La aludida hizo un movimiento de afirmación, y todos rieron. El júbilo de la vuelta de la sultana se podía ver en todo palacio, e incluso en todo el reino, puesto que Jasmine era una monarca muy apreciada por su pueblo, como ella pensaba que debiera de ser. Porque, si el pueblo estaba feliz, todo sería más fácil.

De camino al interior del palacio, ya en el marco que separaba el exterior del interior, miró al cielo una última vez con una sonrisa cálida como el sol que cubría su reino.

No había nada mejor que estar de vuelta a casa.

Gentecilla!!

AVALAAAAAAANCHAA

Este sería el de Octubre 2! Se correspondería con el de "haz un interogatorio de 10 preguntas al personaje que quieras" y bueno, está con relacionado con el primero!



 

#Origireto2018: Octubre #1


Aladdin, el joven diamante en bruto, logró vencer al temible y avaricioso Jafar gracias a la ayuda del Genio de la lámpara, al cual liberó de su milenaria prisión usando su último deseo, y vivió feliz para siempre junto a la hija del sultán en su hermoso castillo.

Lástima que esto no fuese del todo cierto.

Jasmine no era una mujer fácil, y mucho menos sumisa. Y no se resignaría a quedarse en el reino de Agrabah como sultana, como todos pretendían que hiciese. Ella decidía su propio destino, y si bien quería a Aladdin, su sueño nunca fue casarse y estar encerrada en un castillo que conocía mejor que la palma de su mano. Ella ansiaba salir, explorar mundo, descubrir nuevas tierras, descubrirse a sí misma.

Lo que menos deseaba era pasar de tener que obedecer a su padre a tener que hacer caso a su marido.
Por eso, cogió una bolsa y metió lo imprescindible en ella, pese a las advertencias de peligro que le daba su esposo. Parecía no querer asumir que ella también podía ser la protagonista de su propia historia, que podía ser lo que quisiera ser y no necesitaba ayuda ni protección de nadie.

—Jasmine, no te puedes ir así porque sí —suspiraba Aladdin—. Al menos, deja que Genio te acompañe.

—¡Yo puedo ser de gran ayuda, princesa!

Jasmine suspiró por enésima vez mientras metía una cantimplora de agua en su bolsa.

—No quiero la ayuda de nadie, Aladdin. Y voy a estar bien, no voy a desaparecer por siempre —rio—. El mundo es muy grande, hay muchas cosas que puede ofrecernos, y lo que quiero es eso. Ver el mundo, yo sola. Si te quedas más tranquilo, puedo llevarme a Alfombra.

La alfombra mágica se acercó a ella con alegría, y la princesa acarició la tela morada con cariño.

—¿Estás segura de esto? —preguntó finalmente Aladdin, y Jasmine le sonrió mientras le acariciaba la mejilla.

—Puedo hacerlo. ¿Confías en mí?

Ambos compartieron una sonrisa cómplice y Aladdin finalmente se rindió ante la determinación de su esposa.

—De acuerdo. Tú ganas, Jasmine —suspiró mientras la estrechaba entre sus brazos—. Solo ten cuidado, ¿vale? El mundo es muy grande, pero también muy peligroso y cruel.

Jasmine sabía que hablaba desde la experiencia, porque el mundo no había sido precisamente bueno con Aladdin durante la mayor parte de su vida. Jasmine era consciente también de que la preocupación de su esposo estaba fundada en su experiencia, pero eso no iba a detenerla de cumplir su sueño.

Su madre murió sin haber cumplido sus deseos, pero Jasmine no asumiría el mismo destino. No sabía lo que se iba a encontrar fuera, y pudiera ser que se arrepintiese en algún momento dado de haber emprendido ese viaje y no haberse quedado en terreno seguro, en su hogar.

Pero la vida era aprender de errores, ¿y qué clase de vida llevaría si nunca había arriesgado por lo que en verdad deseaba?

Echó un último vistazo a su castillo y a su gente antes de encarar las dunas del desierto y el calor del inmisericorde sol. Alfombra parecía estar tan animada y temerosa como ella, y se alegraba de contar con su compañía en ese viaje.

—Estaremos bien, Alfombra.

Con esas palabras, Alfombra emprendió el vuelo hacia el interior del desierto.


···


Si Jasmine pensó alguna vez en arrepentirse de su viaje, definitivamente se arrepentía de sus arrepentimientos.

El mundo era grande, hermoso, fantástico. Nunca antes había pasado una noche durmiendo bajo las estrellas, sintiendo el frío clavándose en su piel o su cabello reseco por el sol. Nunca antes se había sumergido en el lago de un oasis y nadado sin temor a lo que pudiera decir la gente, o lo que pudiera aparentar.

Nunca había visto más que desierto, dunas y extensión llena de arena. Incluso desde lo alto de su castillo, tan solo lograba ver arena y más arena. Cosas como el mar, las montañas y selvas existían tan solo en los cuentos fantásticos que su madre le contaba cuando era pequeña para que durmiese.
La nieve era fría, se escurría entre sus manos, y era blanca como el algodón. Era moldeable como la arcilla, y se convertía en agua ante el calor o en hielo ante el frío más extremo. El hielo era resbaladizo y estaba, valga la redundancia, helado.

Las rocas de las montañas eran grises, negruzcas, y no tenían arena en ellas. El desierto quedaba atrás y daba paso a árboles y grandes edificaciones de piedra en cuya cima había helada nieve. La tierra se volvía de color marrón, y los árboles tenían mucha más altura que los de los oasis. Mientras más se iba adentrando, las lianas y las enredaderas empezaban rodear los árboles, y animales como los conejos, los monos o las ardillas empezaban a aparecer tímidamente. Jasmine pudo ver con sus propios ojos un ciervo, con su cornadura y su porte tan elegante. 

Pudo ver flamencos y cisnes en los lagos, gaviotas sobrevolando su cabeza. Y entonces, cuando Alfombra y ella se adentraron tanto que pasaron el bosque y las montañas, pudieron verlo: el océano se alzaba magnífico ante sus ojos, con las olas chocando suavemente contra la arena blanquecina de la orilla. Su espuma blanca se mezclaba con la arena antes de desaparecer, y a Jasmine le inundó un sentimiento de tranquilidad y felicidad que hizo que las lágrimas brotasen de sus ojos.

Sacó de su bolsa un pequeño bote de cerámica y, mientras sus pies se mojaban con el agua salada del mar, miró al cielo azul y sonrió. Abrió el bote y lo puso bocabajo, el viento llevándose consigo las cenizas que caían, adentrándolas en el más profundo océano.

—Ya eres libre, madre —dijo al cielo, acompañada solo por el sonido del romper de las olas—. Por fin has podido cumplir tu sueño.

El viento movió su cabello negro con suavidad, como si fuera una caricia, y Jasmine se secó las lágrimas para sustituirlas con una gran sonrisa.

Después de tanto tiempo, su madre por fin podía descansar en paz.

Hey, gentecilla!!

AVALANCHA DE RELATOS DE ÚLTIMA HORAAAAAAAAAAAAA

Dejo el relato de octubre #1 que sería "continua con un cuento conocido en vez de aceptar el final" y pues aquí está!!

Sería el de Aladdin (peli disney que todo Dios santo conoce) y cuyo final no acabó de convencerme porque lo que Jasmine quería era libertad y aventura, no casarse xddd

En fin, esta es mi versión de la historia :3



domingo, 30 de septiembre de 2018

#Origireto2018: Septiembre #2


Año 1960.

California, Estados Unidos.

Takahashi. Akira Takahashi.

Adam nunca olvidaría ese nombre. El de la persona que le salvó de lo que se recuerda ahora en Estados Unidos como «The Japanese Revenge», que dio una vuelta completa a lo que era la Segunda Guerra Mundial.

Adam lo estudió, y esa parte de la Historia era la que mejor se sabía. Más que nada, porque él había presenciado la revuelta, cuando nadie se lo esperaba, en mitad de la noche. Tomaron el buque con todo lo que conllevaba, mataron a todos los tripulantes americanos y los arrojaron al mar.

A todos, menos a uno.

A Adam Wright, el hijo de seis años del almirante Wright que iba a bordo.
Pero eso nadie lo sabía. Todos pensaban que la familia Wright murió esa noche y las olas del mar derivaron sus cuerpos a sus profundidades.

Adam nunca tendría palabras suficientes para agradecerle a aquel soldado el que le hubiese perdonado la vida. No tenía por qué hacerlo, era un americano, hijo de un marine que había arrebatado muchas vidas, que había matado a su gente.

Aún así, Takahashi Akira le había permitido vivir. Adam sabía que debería guardarle rencor por arrebatarle a su familia, pero simplemente no le nacía. Solo sentía agradecimiento.

Quince años habían pasado desde ese incidente, y como bien había sido dicho, las tornas giraron drásticamente. Lo que se saboreaba como una victoria de los Aliados, acabó por ser la gran derrota estadounidense. Una cucharada de su propia medicina.

Se decía que la bomba atómica, creada por científicos americanos, sería el fin de la guerra para Japón. Pero los japoneses fueron más inteligentes, y se infiltraron con el propósito de destrozar la bomba atómica.

Lograron retrasar su funcionamiento, dando tiempo a que el barco lleno de soldados japoneses disfrazados de prisioneros de guerra llegase y orquestase la gran matanza del puerto de Long Beach, en California.

En esa matanza participó Takahashi Akira. Su nombre aparecía repetido varias veces en los libros. Lo más misterioso de ese hombre era que no parecía tener pasado más allá de la milicia.

Su nombre solo aparecía coincidente con un soldado del mismo nombre que murió en la Gran Guerra, pero nada más. Era como si veintidós años de su vida no hubiesen existido.

Adam, ya con veintiún años, sabía que era posible. Nadie le reconocía como el hijo del almirante Wright, sino como un niño que salió de la nada en medio del caos, y recogieron para enviarlo a un orfanato.
Adam se acomodó el yukata que hacía juego con su color de ojos, y se miró en el espejo. Tras la colonización japonesa, Estados Unidos había tratado de independizarse muchas veces, sin demasiado éxito.

Aunque quizá era porque no era una revuelta seria como lo fue contratado Gran Bretaña. Nadie se atrevía a llevar la contra a Japón, pues ya se vio lo que pasó con la bomba atómica en Washington y la siguiente en Los Ángeles.

Los japoneses les atacaron con su propia arma, y eso puso fin a la guerra, sí, pero con la rendición americana en vez de la japonesa.

Todos se preguntaron un largo tiempo cómo era posible que Japón, un país en el que seguían usando katanas antes que pistolas, pudiese haberles atacado con una bomba atómica cuando no sabían prepararla.

La respuesta fue, de nuevo, Takahashi.
Él se infiltró y robó los planos y materiales suficientes para armarla. Sin embargo, tras las dos explosiones, declaró su destrucción.

«Los japoneses no luchamos así. Y si lo hice, fue porque seguía órdenes de mis superiores».

Eso declaró a la prensa, que no tardaría en salir en todos los periódicos y canales.
Sus ojos demostraban una gran rabia pese a haber ganado la guerra. Sus puños se apretaban con fuerza mientras declaraba, pese a haber sido condecorado con medallas y ascensos.

Eso sucedió cuando Adam tuvo siete años.
En esos catorce años, muchas cosas habían cambiado. Con tecnología estadounidense y conocimiento japonés, la industria tecnológica había fomentado de manera impresionante, siendo Tokyo el principal núcleo de esta y quitando a Kyoto como capital del país.

Cosas tan inimaginables como teléfonos que no necesariamente tengan un cable, o que la televisión fuera a color, eran ya reales.
Todo gracias a la unión de los dos países y los pros que cada uno. Estados Unidos había adquirido costumbres japonesas debido a la superioridad de Japón por ser el bando ganador, pero el país del sol naciente había conseguido grandísimos avances en cuestión de años que, de ser de otra manera, le habría costado muchísimo más.

La segunda revolución industrial era la tecnológica, y definitivamente Gran Bretaña se había quedado demasiado atrás en esa cuestión. Pobres ingleses, revolucionarios que ya solo quedarían en la Historia.

Salió de la habitación y atravesó pasillos laberínticos hasta dar con la puerta que buscaba. Tocó suavemente, recibiendo el permiso que esperaba, y la deslizó. Unos ojos le miraron.

Los ojos oscuros de Takahashi Akira, para quien trabajaba.

—Hola, Adam.

Adam se inclinó, con una reverencia, hasta que Takahashi le dijo que era suficiente.

—Sabes que no tienes por qué hacerlo, Adam.

Adam se enderezó y le miró. Suspiró al darse cuenta de las preocupaciones que rondaban a Akira.

—Teniente del ejército, ejerciendo la presidencia de prácticamente dos países, y no eres capaz de contarle al mundo la verdad.

Akira rió amargamente, ajustándose el yukata para que le quedase más suelto.

—Piensa, Adam. A los hombres os gusta que sean otros hombres los que os guíen. ¿Crees que estaríamos creando la primera inteligencia artificial si se supiera que soy una mujer? —suspiró—. Si tú lo sabes, es porque confío en ti. Pero no puede saberlo nadie más, o será un caos que no pienso soportar.

—Pero serías una gran señal de que las mujeres no sois menos que los hombres —señaló la televisión, que tenía puesta una revuelta de mujeres que aclamaban algo como «feminismo».

—Lo sé. Y lo siento por mis compañeras —suspiró de nuevo, mirando la pantalla—. Pero en una democracia donde solo gobiernan hombres, no hay mucho que yo pueda decidir sobre los derechos de las mujeres.

Se puso al lado de Adam, con una mano sobre su hombro, con una sonrisa que auguraba problemas.

—Pero convertiré esta democracia en una de verdad.

Holasa~

Estoy de Japan! So que mejor que un relatillo a finales de septiembre para celebrarlo. Y con temática japonesa :3

Este se correspondería con el número 1! Elige un momento histórico y cuenta cómo sería si hubiera sucedido de otra manera.

Ok. Pues eso. He cogido la II Guerra Mundial y la he puesto como si hubieran ganado los japoneses, enlazando con el relato anterior.

So espero que os haya gustado :3

Dejo links!

La pluma azul de Katty

Solo un capítulo más 

Hasta otra!