Despierto, y la niña me mira.
Está llorando, y cuando le pregunto la razón, empieza a disculparse entre lágrimas.
—No quise hacerte daño —dice— pero, si escapaba contigo, iba a matar a mi papá. Y mi hermana está en la cárcel, no tengo a nadie más.
Estoy atada nuevamente, pero la abrazo. Otro sollozo me alerta, y veo a la mujer que he amenazado antes, atada y golpeada en una esquina, junto a una cosa rota que parece de metal y llena de sangre, seguramente de ella.
