domingo, 31 de marzo de 2019

#Origireto2019: Marzo #2

Cita

—¿Un cementerio? ¿De entre todos los malditos lugares, se te ocurre traerme A UN CEMENTERIO?

Se detuvieron frente a una tumba de un tal Andrés Gutiérrez, cuya "A" estaba escrita en la letra griega "alfa".

—Dijiste que fuese original en nuestra primera cita —se puso una mano detrás de la nuca.

Arqueó las cejas ante aquella definición de "originalidad", y luego, suspiró.

Esa cita iba a ser un desastre.

Hola! 

Este sería el reto 20: escribe sobre una cita que acabe en desastre, y está incluido el objeto 7: una letra del alfabeto griego.

Está enlazado con el relato de EstherEvans en su blog.

¡Espero que os haya gustado!

domingo, 17 de marzo de 2019

#Origireto2019: Marzo #1

Perder

Oikawa Tooru odiaba perder.

Iwaizumi lo sabía. Desde pequeños, Tooru había sido el peor perdedor que Hajime había conocido.

Mucho antes de que aprendiera lo que era el voleibol, ambos ya jugaban juntos a lo que fuera. Al fútbol, a las cartas, a las carreras... Y en todo lo relativo al deporte, Hajime solía destacar. Siempre había tenido una habilidad deportiva que, quizá, suplía a la académica.

Y eso hacía que Tooru se enfadase mucho, y ya no quisiera jugar. Siempre prometía, cada vez que su mejor amigo le ganaba, que no volvería a jugar con él nunca más y se iba muy enfadado.

Al día siguiente volvía, y le decía que jugasen juntos de nuevo al mismo juego que había perdido el día anterior. Algo hacía Tooru en ese tramo, que milagrosamente mejoraba. Aunque no lo suficiente como para batir a Hajime, pero este ralentizaba el paso para que pudiese llevarle ventaja y le ganase.

A sus cinco años, Hajime había aprendido que, si no quería hacer llorar a su amigo, era mejor dejar que ganase algunas veces. Pero sin que este se diese cuenta. Porque una vez lo notó, y se enfadó aún más que cuando perdía.

Dejó de hablarle.

El pequeño Hajime empezó a preocuparse cuando no le habló al día siguiente. Y cuando el posterior tampoco lo hizo, empezó a pensar que en verdad ya no quería ser su amigo.

En realidad, Hajime no había sido quien quería hacerse amigo del excéntrico Tooru. Y Tooru tampoco es que lo hubiese escogido. Simplemente, el otro siempre había estado ahí, y era Tooru el que se esforzaba para que Hajime estuviera a su lado usando cualquier excusa, por absurda que fuera.

Por tanto, Hajime nunca se vio en la obligación de buscar a Tooru. Él venía, sin que nadie le llamase, y se aferraba a su brazo. Ese día, Hajime fue quien, por primera vez, tuvo que ir a por él.

Le resultó difícil. Porque no estaba acostumbrado a que aquel niño le ignorase tan deliberadamente, y porque pensaba que Tooru había sido injusto al enfadarse tanto por algo que no tenía mayor intención que la de ayudar.

Pero lo hizo.

Al segundo día que Tooru no quiso saber nada de él, Hajime se acercó, le arrastró del brazo y se disculpó. El niño le había mirado sorprendido, como si se hubiese olvidado de por qué no le hablaba, pero entonces le abrazó y también se disculpó con él.

Esa fue la primera vez que Hajime le había buscado. Otra así se repetiría en la secundaria, pero Tooru ya no estaba enfadado con él, sino con el mundo y, en específico, con Ushijima Wakatoshi.

Iwaizumi comprendía que, conociendo como era Oikawa —en aquel año, ya no eran Hajime y Tooru, sino Iwaizumi y Oikawa—, estuviera tan enfadado. Desde pequeños había sido así, y no tenían la madurez de asumir una derrota tan aplastante como había sido la paliza que les había dado Shiratorizawa.

Iwaizumi siempre recordaría esa primera vez de la amarga derrota. Les cayó como un balde de agua fría. Hasta el momento, habían ido perdiendo pocas veces, contra las escuelas de su zona. Habían llegado a clasificar a la eliminatoria y pasado por verdaderos aprietos pero habían salido del paso.

Esa derrota en el último partido de la eliminatoria fue aplastante. Oikawa no consiguió meter un solo saque —aún no podía hacer los saques con salto— y era el mejor servidor del equipo. Se desmoronó en ese momento, y su posición de colocador titular, en primer año, se vio gravemente afectada.

Iwaizumi había estado en el campo también a pesar de su primer año porque, todo dicho, siempre se le dieron bien los deportes. Además era un refuerzo anímico para el prodigio de colocador de primero por su amistad. Había intentado meterle en la cabeza que si fallaba un saque no pasaba nada, pero que tenía que hacer lo que mejor hacía, que era colocar.

Falló todas las fintas que hizo. Las colocaciones eran muy complicadas de rematar, y por tanto perdieron por mucho, pese a que le acabaron sacando del partido y poniendo a uno de tercero.

Nunca sintió la derrota como en ese momento. No por la eliminatoria, a Iwaizumi no le importaba tanto eso como el estado anímico de Oikawa. Estaba destrozado al darse cuenta de que, esa vez, ya no era solo que Iwaizumi ganase las carreras y que tratase de ayudarle.

En ese momento, vio que nadie del otro equipo iba a reducir la velocidad. Sus berrinches no servirían de nada, y  pese a lo bueno que era, habría otro mejor esperándole.

Iwaizumi tampoco tenía la suficiente madurez para animarle. No sabía cómo. Ese verano de primer año, Oikawa se encerró en sí mismo y en su casa, sin querer saber nada de nadie. Ni siquiera de su mejor amigo.

Su madre estuvo muy preocupada. Su hermana volvió de Tokyo para verle. Sin embargo, nada resultó. No quiso celebrar ni su cumpleaños.

Un día de agosto, Iwaizumi, cansado de las preocupaciones que Oikawa provocaba a su familia —de las que se enteraba por la amistad entre sus madres—, subió por el árbol que daba a la ventana de su amigo y se coló dentro.

Lo vio en su cama, acostado, con el plato de comida sin tocar en el escritorio. Se giró ante su presencia y lo miró con unos vacíos ojos, más rojos que marrones, y se volvió de nuevo a mirar la pared.

Nunca olvidaría esos ojos tan tristes.

Iwaizumi se enfadó y, con uno de los balones de voleibol que estaba cogiendo polvo en la esquina, le golpeó en la cabeza.
Oikawa se quejó. Levantó enfadado la cabeza y le reclamó. Pero estaba ahí. Oikawa le reclamaba, se quejaba, le llamaba «Iwa-chan» en vez de Iwaizumi porque siempre había sido así, dado a llevar la contraria. Volvió a parecer él, y no solo un chico deprimido.

A partir de entonces empezó a practicar. Mucho. Iwaizumi observaba preocupado por su salud de nuevo, pero no decía nada, porque Oikawa parecía feliz y estaba satisfecho de ver sus mejoras.

Ese segundo año, perdieron. Pero no tan aplastantemente. Hicieron frente a Shiratorizawa y a Ushijima con valentía, y por eso no se derrumbó como en primero.

Sin embargo, en tercero su salud se vio gravemente empeorada por la aparición de un nuevo niño prodigio en el equipo. 

Iwaizumi lo sentía, podía ver su miedo, su temor a ser reemplazado. Él mismo había podido sustituir a uno de tercero cuando estaba en primero.

Iwaizumi vio a su amigo de nuevo sumergirse en una espiral de dolor y entrenamiento. No disfrutaba los partidos. 
No sonreía. Solo se centraba mantener su puesto y mejorar lo inmejorable. Se mantuvo pasivo, consciente de que Oikawa no saldría de ahí hasta que las manos le ardiesen y mantuviese su posición como titular.

Sin embargo, la pelea que tuvo con el chico de primero fue lo último que necesitó para interponerse. Para hacerle ver que no podía ser tan imbécil. Que no estaba solo, que tenía su equipo y, sobre todo, le tenía a él.

Fue la primera vez en todo aquel año que Oikawa Tooru sonreía con esa arrogancia que le caracterizaba. Aunque perdieron contra Shiratorizawa otra vez, lo llevó mucho mejor.

En preparatoria, se fue calmando. Se reafirmó como el mejor colocador de secundaria, y eso subió mucho su ánimo. Seguía siendo ese niño mal perdedor de siempre, pero sonreía ante lo inevitable. Su rivalidad con Ushijima aumentaba, e Iwaizumi también le apoyó, al ver la insistencia del otro de llevarse a Oikawa a su equipo.

Oikawa nunca iría a Shiratorizawa, antes muerto, pero Iwaizumi temía que se le metiese la idea por alguna razón y se fuese de su lado. Aunque nunca se lo diría a su mejor amigo.

En el tercer año de preparatoria, la sombra del niño prodigio que trató de quitarle su puesto apareció nuevamente. Como rival. Era inevitable, se decía Iwaizumi, que algún día se enfrentasen.

Y aunque Oikawa se burlaba y se reía, la verdad era que tenía miedo. Miedo de perder. Porque siempre había sido mal perdedor, pero él había instruido indirectamente a Kageyama Tobio en la secundaria. Era casi como su alumno, aunque lo negase siempre.

Hubo un partido ganado. Iwaizumi estaba seguro que no le dolió tanto la posterior pérdida contra Shiratorizawa por eso, porque ganaron contra Kageyama.

Sin embargo, cuando perdieron contra él y su equipo en la segunda eliminatoria, Iwaizumi se sorprendió ante su entereza. En realidad, fue el mismo Iwaizumi quien no se podía ni creer que hubiesen perdido por su culpa. Por un solo remate. Había perdido la ocasión perfecta. Él. El as del equipo.

No había tenido la solemnidad de Oikawa. 

Aún siempre siendo el más maduro de los dos, se había derrumbado y Oikawa había sido quien lo había animado. Quien le había dado una palmada en la espalda y había seguido adelante, en un gesto de «estoy contigo».

Luego claro que se había derrumbado. 

Delante de los de tercero que no volverían a ver, porque la universidad les esperaba con los brazos abiertos. Delante suya, aunque ya no con lágrimas en los ojos, durante el camino a casa.

Le había dicho que no se separarían. Que pese a la distancia, estarían juntos. Pero ni él se lo creía.

No sería lo mismo. No vería esa sonrisa arrogante, su voz desaparecería de su rutina, no volvería a rematar todos los días sus colocaciones.

Oikawa continuaría su vida sin él, y quizá se encontrarían años después, quizá con veinticinco, en un ascensor de oficina y ni siquiera se reconocerían.

Y todos los sentimientos que sentía por ese niño mal perdedor, que había pasado a convertirse en un joven arrogante, determinado, pero con buen corazón, se evaporarían de la misma manera manera en la que habían llegado.

Y nada sería igual. Porque Iwaizumi pasaría a ser un mero espectador, sin poder entrometerse, como aquella vez que Oikawa encontró su primer amor y se decepcionó al enterarse que esa chica era asexual. Como aquella en la que iba tras un muchacho que definitivamente no le haría ningún caso porque ya tenía pareja.

Pasaría a sentir otra vez la frustración de no poder coger y decirle lo que sentía cuando le veía fijarse en todos menos en quien había tenido al maldito lado toda su vida.

Sentiría de nuevo que se adelantaba tanto que se alejaba de su alcance. Y que por mucho que estirase la mano, no podía ni llegar a rozarle.

Y sin embargo, sería tan egoísta pedirle que se quedase a su lado... Tanto, que en cuanto llegaron a su casa y se despidió, no habló. 

Hizo el intento, pero se retractó.

Era demasiado egoísta pedirle que no continuara su vida. Así que calló, y se quedó mirando su figura desapareciendo tras la puerta.

En cuanto su puerta se cerró completamente, supo que había desperdiciado la última oportunidad que había tenido y ya no había marcha atrás.

Así que metió los puños en los bolsillos, contuvo las lágrimas, la voz, y empezó a caminar.

Oikawa Tooru odiaba perder.

Iwaizumi Hajime también.

¡Hola! Aquí os dejo el reto número 17: haz un Fanfic. Este es de un anime llamado Haikyuu! (Lo recomiendo) pero no hace falta verlo para entenderlo. He intentado hacer que se entienda sin meter muchas referencias y explicando un poco su historia así que me ha salido unas 1800 pero como el tope es 2019 pues perfecto.

Los objetos son el número 16: persona asexual y el número 28: ascensor.

¡Espero que os haya gustado! ¿Un comentario de opinión ✨👀?

jueves, 28 de febrero de 2019

#Origireto2019: Febrero #2

Noria

—¿Y ya está? ¿Me dejas así?

—La leyenda de Torna acaba así. No se conservan más páginas.

—Pues genial. Muchas gracias, autora.

—Venga, nos toca.

—Tú y tu afición por las norias —dice mientras subimos a la cabina con dibujo de bicicleta.

—Admite que soy la mejor novia del mundo al invitar a la chica más guapa al Warner.

—Como digas.

Ambas nos subimos en la noria.

Nunca la hubiese incitado de haber sabido lo que pasaría pocos minutos después.

He aquí mi microrrelato :3. Sería el número 21: historia que suceda en un parque de atracciones. El objeto oculto es 35: la bicicleta. Está relacionado con el relato Lunazul de Katty :3 

Son 476 caracteres ;) 

¡Nos vemos! 

#Origireto2019: Febrero #1

Singing in the rain

En cuanto salgo de casa, con mi chaqueta de cuero negro oliendo al dichoso suavizante que mi madre se empeñan siempre en usar —y que es tan profundo que no lo soporto—, me pongo mis queridos auriculares Bluetooth azules, y le doy al play.

"It's my life" empieza a sonar, y eso me pone de buen humor, así que empiezo a andar al ritmo de la música con una gran sonrisa.

Durante tres minutos y cuarenta y siete segundos soy feliz mientras camino por la calle. Como hace frío, meto una mano en el bolsillo, pero con la otra muevo el móvil como púa de guitarra y finjo cantar la canción.

«It's my life, it's now or never, I ain't gonna live forever...»

Me detengo en un paso de cebra, golpeando el suelo al ritmo de la música, y cuando se pone en verde, doy el primer paso para cruzar, pero un gilipollas con prisa casi me atropella, así que tengo que detenerme y tragarme todo el humo de su moto.

—¡El semáforo, gilipollas! —le grito, aunque ya está lejos para escucharme.

Ala, ya me he puesto de mal humor. Suspiro mientras sigo cruzando, y para cuando llego a la acera, la canción ha acabado y ha empezado a sonar otra.

«Loving can hurt, loving can hurt sometimes. But it's the only thing that I know... When it...»

Decido que «Photograph», Ed Sheeran y su romanticismo no van a ponerme de buen humor, así que, con con el botón de los auriculares, paso canciones hasta que doy con Imagine Dragons, y dejo que su música me alegre el día de nuevo.

Mientras "Polaroid" suena, paso frente a un kebab. Y es muy mala idea haber cogido ese camino, porque el olor a pollo y cordero asado me da en toda la cara y me provoca un nudo en la garganta por las repentinas ganas que me han dado de un durum mixto, calentito, con sus salsas... Joder, ¿hace cuánto no como uno? ¿Un mes?

«Oh, love is a Polaroid, oh, better in picture, never can fill the void...»

Bien, mejor cambiemos de pensamiento o me moriré de hambre. Acelero un poco el paso para que el olor se vaya, pero entonces el aroma a churros y patatas me da otra bofetada, y mi estómago empieza a rugir.
Venga ya, en serio, el tío ese no tenía otro lugar para poner su puesto, ¿no?

Arrugo la nariz mientras vuelvo a acelerar el paso, ya con 5 Seconds of Summer en mis oídos. Ojalá ir a un concierto de este grupo, de verdad, necesito escuchar "Lie to me" en directo por lo menos una vez en la vida.

«I know that you don't but if I ask you if you love me, hope you lie, lie, lie, lie, lie to me...»

Paso frente a la iglesia, de la cual sale un fuerte olor a incienso. Aunque estoy en la calle, es tan profundo que me hace toser. No sé la manía que tienen con el incienso, joder, que hasta mi madre lo pone en casa desde que... tengo memoria. ¿No existen para eso los ambientadores? En serio, que se actualicen, que para algo sirve la evolución.

Ruedo los ojos y sigo caminando, pasando por delante del estanco del barrio. El único en cinco cuadras, en verdad, y de él sale un señor, que rondará los treinta, encendiendo el cigarro.

«Hope you lie, lie, lie lie, lie to me»

No le daría más importancia, y seguiría silbando tan tranquilamente las notas finales de la, obviamente, mejor canción de este grupo, si no fuera porque el tío se pone delante de mí y el viento me trae todo el humo a la cara.

Qué asco por favor.

Como estamos en la calle, no puedo decirle nada, así que le rebaso y me adelanto, mientras la canción cambia a una de Simple Plan.

Cuando está por la mitad, y me encuentro casi dando saltos por la canción y lo animada que es, entro en la cafetería y, mientras busco un sitio libre, el olor a café es lo primero que entra en mi nariz, mezclado con el del chocolate caliente, que hace que me relama los labios.

«I’ve got a song in my heart and I’m bulletproof. There’s nothing in the world that’s gonna kill this mood»

Me siento y le pido a la camarera un chocolate caliente y un trozo de tarta de queso con mermelada encima, tras vacilar entre esta tarta y una de tres chocolates.

Entonces, un aroma a vainilla parece inundar todo el lugar. Intento identificar el olor, y acabo asociándolo a una elegante mujer que se echa colonia en las muñecas, aunque en mi opinión se ha echado ya demasiada, dado que el olor llega hasta mí estando en el lado opuesto de la sala.

Tengo que esperar a Verónica para ir al club de música, ella es la que trae mi guitarra y aún le va a llevar un rato llegar, según me indica el reloj. Asi que decido sacar el libro que ayer compré en la Casa del Libro, pero mi mano toca algo pastoso, pegajoso.

Cuando la saco del bolso, me encuentro que estoy pegada con una antigua foto mía y de Verónica y que estoy manchada con una especie de plastilina negra que me extraña.

Entonces me la acerco a la nariz, intentando identificar qué es, descubro que huele igual al chocolate que está sobre la mesa.

Claro, ayer compré una chocolatina para mi hermano, la cual nunca se terminó de comer y me hizo guardar.

«No matter what life wants to throw my way... I’ll be singing...»

Suspiro con cierta resignación, pero, en ese momento, un terrible miedo se apodera de mí, y, desesperada, vuelvo a meter las manos en el bolso.

Mi presentimiento se confirma y me dan ganas de llorar mientras la canción se termina.

«I'll be singing in the rain»

Mi precioso libro nuevo está hecho un desastre.

¡Hola! Si habéis llegado hasta aquí es que habéis leído todo el relato, es decir, más de 1000 palabras. ¡Enhorabuena! 

Bueno, es el reto 3: un relato en el que la música tenga un gran protagonismo. ¡Y aquí está! Con los objetos ocultos: número 10: Polaroid y número 23: Instrumento musical (guitarra) 

¡Espero que os haya gustado! 

¿Un comentario ✨👀?

sábado, 5 de enero de 2019

#Origireto2019: Enero #2

Lágrimas

Despierto, y la niña me mira.

Está llorando, y cuando le pregunto la razón, empieza a disculparse entre lágrimas.

—No quise hacerte daño —dice— pero, si escapaba contigo, iba a matar a mi papá. Y mi hermana está en la cárcel, no tengo a nadie más.

Estoy atada nuevamente, pero la abrazo. Otro sollozo me alerta, y veo a la mujer que he amenazado antes, atada y golpeada en una esquina, junto a una cosa rota que parece de metal y llena de sangre, seguramente de ella.